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MEMORIAS DE PANCHO VILLA

   
 
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NARRACIONES DE ACONTECIMIENTOS EN LA COMARCA LAGUNERA
Capítulos del libro del Señor Martín Luis Guzman que describen una autobiografía de Villa, duodécima edición en 1970
CAPITULO XV
Al amanecer otro día siguiente extendí mis tropas en formación que llaman de línea desplegada, y de esa manera inicié mi avance sobre el enemigo, dispuesto yo a llegar ese mismo día hasta Conejos. Así fue. Nuestras avanzadas no tropezaron con ninguna resistencia: estábamos en Conejos antes de las cinco de aquella tarde, 19 de marzo de 1914, y esa misma noche, contra los embarazos del mal tiempo, llegaba a la dicha estación la artillería, más los otros trenes que antes habíamos dejado a la retaguardia.
Sabiendo yo en Conejos, por los correos que me llegaban, cómo las avanzadas del centro enemigo se hallaban en Peronal, sobre la vía por donde me les acercaba, y su izquierda en Mapimí, y su derecha en Tlahualilo, reuní a los jefes de mis brigadas y les dicté mis providencias para el avance.
Yo les dije:
"Señores, si somos todos de un solo parecer, seguiremos nuestra marcha conforme amanezca. Por la izquierda avanzará el señor general Eugenio Aguirre Benavides con las brigadas Zaragoza, Cuauhtémoc, Madero y Guadalupe Victoria: su misión es apoderarse del pueblo de Tlahualilo. Por el centro y nuestra derecha próxima avanzaremos los demás, con todas las otras brigadas aquí reunidas: nuestra misión será empujar desde Peronal las avanzadas enemigas y seguir hasta adueñarnos del pue blo de Bermejillo. Por nuestra derecha lejana avanzarán los dos mil hombres de la Brigada Morelos, al mando del señor general Tomás Urbina, que ya viene con esa consigna desde su campamento de las Nieves: su misión será tomar el pueblo de Mapimí." Así se hizo. Otro día siguiente a las cinco de la mañana empezó la ejecución de todo aquel movimiento. Formaban las avanzadas de mi centro mi propia escolta y mi estado mayor, que persiguieron y aniquilaron ese mismo día los ochenta o cien rurales destacados en Peronal, estación que así se nombra. Nos otros tuvimos un solo herido en aquella acción, y sólo seis o siete tuvimos que sufrir, más un capitán y dos soldados muertos, cuando poco después nuestras tropas trabaron tiroteo con los rurales que guarnecían Bermejillo. De los dichos rurales, que eran como trescientos, ciento seis cayeron en el combate, y los demás se dispersaron rumbo a Gómez Palacio, perseguidos por mis fuerzas. Así avanzamos aquella tarde hasta la hacienda que se nombra Hacienda de Santa Clara, ya al sur de Bermejillo, donde puse mi cuartel general. Y como al mismo tiempo de nuestro avance habíamos venido reparando la vía, hasta Bermejillo llegaron también ese día todos mis trenes militares.
Mientras se consumaba la marcha de mi centro y parte de mi derecha, Eugenio Aguirre Benavides y mi compadre Tomás Urbina iban al cumplimiento del deber que yo les había señala do. Eugenio Aguirre Benavides se apoderó de Tlahualilo en ata que de mucha furia y, según yo creo, con movimiento de gran de pericia, pues logró su hazaña sobre los traidores haciéndoles cerca de sesenta muertos y sin sufrir él más que catorce bajas, entre muertos y heridos. Las fuerzas de mi compadre Urbina pasaron de Pelayo, pasaron de Hornillas, pasaron de Cadena, tres pueblos que así se nombran, y se echaron encima de Mapimí. Y sucedió entonces, que viendo el enemigo cómo no nos deteníamos delante de su centro, ni de su derecha, sintió el peligro de que su guarnición de Mapimí se viera cortada, y de que pudiéramos cogérsela ; Aniquilársela; de modo que abandonó aquella plaza con la grande prisa del miedo y ordenó que la dicha guarnición se recogiera hasta Gómez Palacio siguiendo los cordones de la sierra.
En Bermejillo me dice aquella tarde el general Felipe Ángeles :
?Mi general, según yo creo, es acto de nuestro deber pedir al general Refugio Velasco la entrega de Torreón y demás poblaciones de la Laguna.

Yo le contesto:
?¿Para qué meternos en tantas agencias, señor general? Pero como me respondiera él que así nos lo mandaban nuestros sentimientos humanitarios, pues, según comprendíamos, iba a ser mucho el derramamiento de sangre en aquellas acciones, vi yo claro que tenía razón.
Nos comunicamos, pues, con el teléfono de Torreón, pidiendo plática con el general Velasco, y él y Ángeles se expresaron entonces con las siguientes palabras:
?Buenas tardes, señor general Velasco. ?Buenas tardes, señor general Ángeles. ¿De dónde me habla usted?
?De Bermejillo, señor general. ?Pero ¿ya tomaron ustedes Bermejillo? ?Sí, señor general.
?Pues los felicito por su nuevo avance. ?Gracias, señor general.
?¿Y les hicieron muchas bajas mis soldados? ?Casi no nos hicieron ninguna, señor general. Por eso le hablo desde aquí, cumpliendo con un deber, y le digo que ahorraríamos muchas vidas de hombres mexicanos si ustedes, viendo cómo no podrán nunca contenernos en nuestro avance, deciden entregarnos esas plazas que ahora ocupan. Contestó entonces el dicho general Velasco: ?Un momento, señor general. Voy a cavilar sobre sus palabras, no sea que me parezcan inútiles. Le pregunta Ángeles: ?¿Que son inútiles mis palabras? Velasco le dice: ?¿Que son inútiles? Le dice Ángeles: ?Eso es lo que yo pregunto.
Y fue que Refugio Velasco ya no quiso responder, sino que puso en el teléfono a uno de sus coroneles, el cual expresó cómo éramos los revolucionarios los que debíamos rendir las armas en beneficio del gobierno de Victoriano Huerta. Y así se cortaron las pláticas de la rendición.
Mas como de allí a un rato volvió a repicar el timbre del teléfono, yo, queriendo proteger de algún disgusto al señor general Ángeles, cogí el aparato para responder. Hablamos entonces yo y la persona que nos llamaba desde los campos enemigos. El contenido de nuestras palabras fue éste:

?¿Con quién hablo?
?Con Francisco Villa, señor.
?¿Con Francisco Villa?
?Sí, señor. Con Francisco Villa.
?Muy bien. Pues para allá vamos dentro de un momento.
?Pasen ustedes, señores, que serán recibidos con cariño.
?Pues prepárennos la cena.
?Señor, yo creo que no dejará de haber quien les venda de comer.
?Ya le digo: para allá vamos.
?Muy bien, señor. Y si no quieren molestarse sus mercedes, nosotros iremos en su busca. Porque nosotros, señor, no hemos andado tantas tierras más que por el gusto de pasar a verlos. Ya va para mucho tiempo que yo y mis hombres revolucionarios nos fatigamos de ir a dondequiera que ustedes se posan.
?¿Y son ustedes muchos?
?No tantos, señor: dos regimientos de artillería y diez mil muchachitos, que aquí les traigo para que se entretengan.
Y aquella persona me dijo entonces, con arrogancia de mucha grosería, y no con el ánimo sereno de un buen hombre militar, que ya salían ellos de Torreón, y que ya venían a desbaratarnos en Bermejillo. De modo que yo también le contesté con palabras descompasadas. Le dije yo:
?Usted, señor, ha de ser uno de esos habladores que ya no se usan. Según yo creo, no sabe lo que es el verdadero trato de los hombres, pero viva seguro que yo lo he de agarrar y entonces le inculcaré las enseñanzas de la guerra.
Y le cerré el teléfono y lo dejé sin manera de contestarme.
Nos amaneció aquel 21 de marzo de 1914 entregado yo a mis trabajos de organización para el nuevo avance. Supe desde aquella hora que mi compadre Tomás Urbina, con fuerzas al mando del coronel Borunda, había ocupado Mapimí, y que el resto de su gente venía acercándose a marchas forzadas, para incorporárseme. Además de esto, mis comunicaciones hacia el norte, de telégrafo y de ferrocarril, no tropezaban ya con el menor obstáculo.
Como sólo esperaba yo tales noticias para continuar el des arrollo de mi acción, en seguida dicté mis nuevas providencias, que fueron de esta forma: orden a mi compadre Urbina de que la Brigada Morelos marchara en línea desplegada hacia Santa Clara, adonde debía llegar a la mañana siguiente, para incorporarse allí a la retaguardia de mi centro; orden a Eugenio Aguírre Benavides de seguir su avance por la izquierda hasta el punto que se nombra Hacienda de Sacramento, y tomarlo a toda costa, con apoyo de la artillería de montaña.
Es decir, que había yo venido levantando al enemigo desde su primera línea, tirada de Tlahualilo a Bermejillo y Mapimí, y ahora, con ayuda de los cordones de la sierra a mi derecha, iba a desbaratarle su nuevo frente, de San Pedro de las Colonias a Sacramento y Gómez Palacio.
En este nuevo avance empezamos a sentir cómo estaban decididas a cortarnos el paso las tropas de los usurpadores, pues habiendo empezado el ataque de Sacramento antes de las seis de la tarde, todavía a la medianoche seguían los combates en pelea de mucha furia. Sabía yo, por los correos que me llegaban de allá, que el enemigo se hacía fuerte en las casas centrales, y en la iglesia, y que allí se sostenía y desbarataba las embestidas de los nuestros. Era que había recibido el refuerzo de Juan Andreu Almazán con toda la guarnición de San Pedro de las Colonias, y que, a más de esta peripecia, la artillería de montaña, que según antes indico, había yo dado a Eugenio Aguirre Benavides, no entraba bien en juego por los deterioros sufridos en la mar cha, y porque nuestras bombas de dinamita no estallaban.
Llamé a don Rosalío Hernández y le dije:
?Señor general, sale usted ora mismo a dar su ayuda a Eugenio Aguirre Benavides, que lucha con grande ánimo en Sacramento. Nuestro triunfo va cobijado bajo la rapidez de su acción.
Lo cual hice yo, sabedor de que Aguirre Benavides no estaba pidiéndome refuerzos, pues su vergüenza era mucha, pero sabedor también de que yo necesitaba la caída de Sacramento para favorecer mi ataque sobre Gómez Palacio, y seguro de que contando con Sacramento, contaba con la línea del Ferrocarril Central de Torreón a Monterrey, por donde el enemigo podía recibir refuerzos, o por donde podía intentar su retirada. En previsión de esto último, ya desde Bermejillo había yo repetido a Pablo González mi súplica de que levantara las vías de aquella línea, y él otra vez me lo prometió, pero yo temía que no lo hiciera, como no lo hizo, según después vino a saberse.
Durante aquella estancia mía en Bermejillo se presentó a mis fuerzas un oficial federal, de nombre Abdón Pérez, que había sido pagador de las fuerzas huertistas de Torreón. Me dijeron que pedía hablar conmigo. Lo recibí. Me dijo que se había desertado. Le pregunté que por qué. Me dijo que por repugnancia de Victoriano Huerta y por su entusiasmo hacia la causa del pueblo. Le pregunté que cómo si odiaba tanto la Usurpación había servido hasta ese momento en aquellas filas. Me dijo él entonces: ?Mi general, los hombres no hacemos siempre lo que la voluntad nos manda, sino lo que la vida quiere que hagamos.
Y descubriendo yo por aquellas palabras el acento de su sinceridad, y recordándome de que yo también muchas veces, queriendo hacer cosas buenas, había tenido que hacerlas malas, le contesté en seguida:
?Muy bien, muchachito: oigo lo que me dice. Se queda con migo desde ahora; voy a nombrarlo oficial de mi estado mayor. Calculo que es usted hombre de valentía, de inteligencia y de conocimientos. Allá usted si me engaña. Me añadió él entonces:
?Mi general, también otra cosa le quisiera decir. Ya para desertarme, tuve que enterrar las cantidades de dinero que se hallaban bajo mi custodia. Eran fuertes sumas, todas en monedas de oro. Yo le prometo, mi general, que no las escondí en beneficio de mi persona, sino para ayuda de los hombres revolucionarios que andan en la lucha por la justicia. Conforme entremos a Torreón usted me ordenará lo que hago con ese dinero.
Y quiso confiarme allí mismo, o confiárselo a alguno de los hombres que venían conmigo, cuál era el lugar donde se ocultaban los fondos de su pagaduría, mas le dije yo que no, que entre varios hombres, la carga de aquellas confidencias era peligrosa, y que mejor guardara él el secreto como cosa suya hasta la toma de la plaza.
En Bermejillo mis soldados cogieron también un hombre, de oficio cerrajero, que había hecho entregas de gente revolucionaria a las tropas de la Usurpación. Por denuncia de él, muchos buenos partidarios nuestros habían sido martirizados y mutila dos antes de sufrir la pena de muerte. Mandé que el Consejo de Guerra juzgara aquel hombre por el procedimiento que nombran de juicio sumarísimo y que inmediatamente lo fusilaran.
A las cinco de la mañana de otro día siguiente, 22 de marzo, las fuerzas de mi centro prosiguieron su avance sobre la línea del ferrocarril. La consigna era que el grueso de todas aquellas tropas había de concentrarse en Santa Clara, donde ya estaban mis avanzadas, según antes indico, y que allí me presentaría yo luego para dictar las providencias del ataque.

Así fue. Pero advirtiendo a poco, según salían de Bermejillo aquellas tropas, que el bulto de su número no correspondía a los efectivos de verdad, mandé que me aclararan el misterio. Dispuse que los soldados de mi escolta registraran los quince trenes de la división, con orden de sacar de allí, y formar junto a la vía, todos los hombres útiles y armados que encontraran. Los hombres que así encontramos ocultos, bien armados y municionados, no bajaban de mil quinientos. Ordenados ellos en filas, me les puse delante y les dije:
"Muchachitos, estamos aquí para el ataque y toma de Torreón. Esa hazaña no se consumará si nosotros, los hombres revolucionarios, no tenemos bastantes fuerzas con que combatir el numeroso ejército que allí tiene acumulado Victoriano Huerta. ¿Venían ustedes bajo mi mando para malograr el uso de mis armas, o para aprontarlas contra el enemigo? A nadie arrastro yo a las batallas, así sea en defensa de la causa del pueblo. Pero tampoco le perdono a nadie que tome las armas de mi mano, y que reciba paga, y equipo, y bastimento, por la promesa de su ayuda, y que luego abandone su deber conforme el enemigo parece. Eso es acto de traición. Muchachitos, los que estén dispuestos a morir peleando que den un paso al frente. Los que no quieran pelear que no den el dicho paso. Yo les prometo que no verán al enemigo, porque en ese mismo lugar donde ahora están, en ese mismo serán fusilados."
Y lo que sucedió fue que todos dieron el paso al frente, por que así es el ánimo de muchos de los hombres de un ejército grande, que más pelean por temor del oficial que los vigila, que por amor de la causa que protegen.
Sin pérdida de tiempo organicé a seguidas aquellos mil quinientos hombres en tres batallones, de los cuales dejé uno en Bermejillo, para que guarneciera el dicho pueblo, y subí los otros dos en el tren de mi cuartel general y salí con ellos para Santa Clara.
 
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